Sangre de caballo

Sangre de caballo

Puerta / Seis rejoneadores (Feria de Guadalajara- Spain) 14-9-2000

Cinco toros exageradamente mochos para rejoneo de Julio de la Puerta y 5º, cornalón, también muy despuntado, de Osborne Domecq, que dieron juego . Leonardo Hernández: rejón muy bajo saliendo arrollado el caballo (palmas). Fermín Bohórquez: rejón bajo (oreja). Martín González Porras: rejón trasero bajo, pinchazo, rejón muy bajo, rueda de peones y, pie a tierra, descabello  (silencio). Miguel García: pinchazo, otro hondo trasero y, pie a tierra, descabello (petición y dos vueltas). Andy Cartagena: rejón trasero caído  (palmas). Diego Ventura: rejón bajo (oreja). Plaza de Guadalajara, 13 de septiembre. 1ª corrida de feria. Dos tercios de entrada.

JOAQUÍN VIDAL, Guadalajara El último toro le pegó un terrible cornadón al caballo de rejonear que cabalgaba Diego Ventura. ¿Suele decir la jerga taurina cornada de caballo? Pues eso.

En un principio no trascendió. Disolvían toro y caballo la reunión en banderillas y el toro llevaba prendido el palo mientras el caballo parecía ileso. Pero he aquí que por la tripa empezó a asomar sangre, y se precipitaron al redondel rejoneadores y banderilleros,
que corrían al caballo para taponar la herida de donde manaba. Uno de los peones metió una toalla y la sacó ensangrentada, qué horror.

No es la sangre del caballo igual que la sangre humana -qué vamos a contar que no se sepa mas verla borbotar, con el animalito allí sufriendo indefenso las consecuencias de la cornada, provocaba sentimientos de piedad. El público estaba consternado.

La vida sigue, no obstante, la lidia también. Y Diego Ventura cambió el caballo herido por otro en plenitud, volvió al redondel, rejoneó con recrecido entusiasmo, se superó en la ejecución de las suertes y cortó una de las dos únicas orejas que se concedieron en la tarde.

Una función de rejoneo con dos únicas orejas parece surrealista, tal como se las gastan los públicos en las triunfalistas y mal llamadas corridas de rejones. Ahora bien, el coso donde se celebraba y la afición que asistía se deben tener en cuenta. Y resultó que la plaza, que ya tiene su historia, y la afición, advertida y experta, de triunfalistas, nada. Por lo menos en la mal llamada corrida de rejones. Y no se dejaron encandilar por los excesos histriónicos de algunos de los rejoneadores.

A los que se pasan de histriones los llaman ahora sobreactuados. No está mal. A fin de cuentas, representan un papel cargando las tintas. De donde se podría llamar sobreactuados -o sobreactuantes- a Leonardo Hernández y Martín González Porras, consumados intérpretes de la versión histriónica del arte de Marialva.

Ahora bien, no sobreactúan el toreo sino su apariencia. Y se la pasan pegando sombrerazos, haciendo aspavientos, corriendo al galope para enardecer a los espectadores más impresionables. Los excesos de Leonardo Hernández y Martín González Porras iban parejos a la escasa calidad de sus intervenciones. Sobre todo Martín González Porras, experto en arengar multitudes, que se ha convertido en la caricatura de sí mismo; y cuanto más vulgares le salían las suertes, más la emprendía a gritos, manotazos, sombrerazos, caballazos. De todos modos el resultado que obtuvieron ambos rejoneadores después de tanto esfuerzo dándole coba al público fue desalentador: Leonardo Hernández, unas palmitas; Martín González Porras, un silencio sepulcral.

Los restantes rejoneadores ya hacían mejor honor al toreo ecuestre. Fermín Bohórquez realizó un rejoneo de calidad, toreando con dominio, reuniendo sin trampa ni cartón, y cortó una merecida oreja. Miguel García no la cortó y esto indignó a una parte del público.

Miguel García es de Guadalajara, ya puede imaginarse. Claro que además de ser de Guadalajara hizo un toreo sobrio, lo cual, después de aquellas histriónicas intervenciones, era muy de agradecer. Tran-tran a su aire -aire torero, justo es precisar- toreó, banderilleó, y sólo le faltó estar a la misma altura con los rejones de muerte. Hubo estruendosa petición de oreja lo cual no significa que fuese mayoritaria. Y el presidente no se dejó presionar ni por quienes gritaban, ni por quienes aducían el argumento capital para que concediera la oreja: "¡Dásela, que es paisano!".

Parecerá mentira pero la mal llamada corrida de rejones no necesitó caer en el triunfalismo para resultar entretenida. No cuenta el lance del pobre caballo corneado y chorreando sangre (un incidente que nadie hubiese querido ver), sino las bellas suertes, que hubo; la nobleza de los toros; la casta de uno de ellos que nada más salir se puso a derrotar la barrera y romperla, espantando a quienes estaban dentro, rejoneadores incluidos. La fiesta, en fin.