Xabier Kintana * Miembro de Euskaltzaindia y profesor
de la Universidad País Vasco
Corridas de toros en la UPV
Según acabo de leer en la prensa, la Universidad del País Vasco, dentro de los Cursos de Verano que viene organizando en el palacio Miramar de San Sebastián, ha celebrado este año, por vez primera unas conferencias sobre tauromaquia, no sé muy bien si auspiciada por el departamento de ética o de estética, con el ánimo de «recuperar el prestigio que necesita la plaza de toros de Ilunbe». Ante esa noticia, como ciudadano y miembro del colectivo universitario, he sentido una infinita vergüenza y deseo expresar desde aquí mi protesta más rotunda ante los organizadores, por la afrenta que eso supone a lo que muchos seguidores de Unamuno consideramos como templo de la cultura y de la ciencia.
Dejo de lado, y no es poco, esa tortura injusta e inmoral que se practica en las plazas de toros contra los animales, expresamente prohibida y condenada por la Unesco en su declaración de los derechos de los animales, y que, irónicamente, también ha firmado España, quien en la práctica se niega a cumplir. Reconozco que, en mi respeto por la vida, aprecio mucho a los animales, pero quiero muchísimo más a las personas, y por eso mismo considero que las corridas de toros, por encima de todo, atentan contra la dignidad y seguridad humanas.
Que al comienzo del siglo XXI, en una sociedad civilizada, sin necesidad alguna, alguien tenga que enfrentarse y arriesgar su vida luchando con un animal por puros intereses mercenarios no merece otro calificativo que el de salvajismo. Y cualquier excusa de tipo económico, artístico o estético que se quiera aducir en contra de estas consideraciones básicas y elementales carecen de valor. Estoy seguro que, puestos a buscar méritos artísticos, no nos faltarían asombrosas sofisticaciones a la hora de degollar a la gente, flagelar a las mujeres, freir vivos a los niños o sacar los ojos a los ancianos, pero los ciegos seríamos nosotros si no condenásemos de inmediato todas esas atrocidades, dándonos cuenta de su índole esencialmente inmoral, por el sufrimiento y riesgo que causarían a las personas. Y, no nos engañemos, los toreros no son otra cosa que la versión moderna de los gladiadores de la Roma imperial, que obligaba a unos desgraciados a arriesgar sus vidas para saciar el sadismo de la plebe.
Alguien me dirá, naturalmente, que hoy nadie obliga a los toreros a salir a
las plazas, que lo hacen voluntariamente. Podría recordarles el tan conocido
«más cornás da l''hambre», y que la desesperación y la ignorancia combinada
con la exaltación mediática de analfabetos enriquecidos y el ansia de fortuna
rápida pueden impulsar a las personas a caminar por sendas extrañas, como
muy bien los saben, por citar casos extremos y bien dispares, quienes arriesgan
sus vidas en almadías y pateras o los traficantes de droga.
Y sin embargo, afortunadamente, la ley no deja a nadie jugar con la vida, sea
la propia o ajena.
Uno puede comprender fácilmente que se prohiba a los conductores beber
alcohol a fin de evitar accidentes de circulación, en los que pueden ser
perjudicados tanto los causantes como sus víctimas. En cambio, eso no ocurre
con la obligatoriedad de llevar puesto el cinturón de seguridad en los
vehículos, o la necesidad de ponerse un casco, máscaras o gafas especiales en
obras y fábricas o respetar las medidas de seguridad pertinentes en cada
trabajo, ya que en estos casos su incumplimiento sólo puede perjudicar a los
propios imprudentes y, en su caso, a sus familiares, pero no a los demás compañeros.
Pero, tampoco aquí permite la ley que nadie arriesgue alegremente su
vida, imponiendo unas medidas de seguridad obligatorias... con la
excepción de las corridas de
toros, por ser, al parecer, un bien patrimonial muy arraigado en la tradición
española.
Una vez más, el mantenimiento de comportamientos absurdos se justifica por
la «tradición» y la «patria», elevadísimos conceptos por encima de la
vida humana.
Curiosamente, entre nosotros, en este tema, patrioteros de un signo y de otro se dan afectuosamente la mano. Al carecer de mejores y más serios argumentos para defender sus corridas, todos ellos las reivindican recurriendo a la tradición. Así, los unos apelan a las esencias más españolas, como los del PP, quienes, simbólicamente, expusieron el pasado año un toro disecado en su estand de las fiestas de Bilbao. Los otros, en cambio, nos recuerdan la larga tradición de los festejos taurinos en Euskal Herria, aunque se les olvide precisar que tan sólo ha existido en algunos localidades concretas de la zona peninsular y que no parece que hayan gozado nunca de particular arraigo entre los vascos de Iparralde.
Pero además, ¡cómo no! Ahí están los benditos intereses económicos. Se nos
dice que las corridas atraen a mucha gente, y especialmente a algunos turistas.
Me permito recordar que también la prostitución de menores es fuente de
divisas, que la concesión de licencias a empresas que degradan el entorno y que
provocar y mantener guerras puede crear muchos puestos de trabajo, así como
sustanciosos beneficios económicos.
Pero en estos casos el querer seguir siendo personas civilizadas nos impone
respetar unas estrictas normas éticas y morales. Normas que, no obstante, se
incumplen sistemáticamente en las corridas de toros.
Hace una semana el alcalde socialista de Santurtzi recibió duras críticas de la oposición por su empeño en llevar adelante la construcción de una plaza de toros en esa localidad vizcaina. En breve se van celebrar las fiestas de muchas de nuestras capitales y pueblos y seguramente vamos a ver en sus corridas a bastantes de los correligionarios y dirigentes políticos de quienes condenaron al máximo edil santurtziarra. Pero esta vez callarán. Pura hipocresía.
En realidad, tendremos que continuar así hasta que los ciudadanos que estamos a favor de los derechos y de la dignidad de la vida, tanto humana como animal, nos organicemos, protestemos y hagamos saber a nuestras autoridades que somos nosotros quienes constituimos la amplia mayoría social, y que consideramos su aparición en la presidencia de esos actos horribles y sangrientos, remedos del caudillismo, como una clara provocación, hasta que se den cuenta que se trata de un acto políticamente incorrecto que puede acarrearles graves consecuencias en las urnas.
Desde aquí invito a cuantos universitarios y público en general se sientan molestos por la degradación académica que supone incluir conferencias apologéticas sobre las corridas de toros en los cursos de verano, a enviar cartas en este sentido.